Desesperado, el dueño del rebaño acudió a un viejo del lugar con fama de sabio. Le explicó su problema y vio perfilarse en los labios del anciano una leve sonrisa. Éste pidió que lo condujera en presencia del ganado y, con ayuda de los operarios, abatió ostentosamente los restos de los viejos cercados. Sorprendido, el rebaño detuvo su mirada en la figura de aquel viejo que, encaramado a la rama de una encina, les espetó: “pueblo de las ovejas: se acabaron las ataduras. A partir de hoy sois libres”.
Se produjo entonces el prodigio que, desde aquel, día las ovejas dejaran de luchar por su libertad y el dueño conoció un inmenso ahorro en cercados, ya que ninguna de ellas pensónunca más enabandonar el redil. Ni siquiera cuando el filo del cuchillo se les acercaba a la yugular en los días de matanza; ni siquiera cuando las tijeras se alzaban para esquilmarles la lana; ni siquiera cuando en los tiempos de escasez se veían obligadas a compartir sus ubres entre sus crías y el insaciable afán de su dueño por los negocios… ni tan siquiera entonces huyó una sola ovejade donde su dueño tanto deseaba que permanecieran.
Los lugareños se maravillaron tanto de este prodigio que celebraron todos los años la fecha en que el anciano habló a las ovejas con una fiesta mayor que nombraron como “El día en que las ovejas obtuvieron su Libertad”.
Al viejo dicen que se lo “apioló” un falangista durante la Guerra Civil, pero es un dato que nunca se pudo constatar.
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