Se veía venir el cambio, aunque luego tardó, entre los bandazos del Régimen para hacer frente a las presiones internacionales durante la guerra mundial, a la crisis económica que sucedió a la guerra civil y a los nuevos aires de la política en Europa, y luego a la ONU, al Plan Marshall, al boicot de la mayoría del mundo a la España que nos había tocado vivir. Todo ello provocó, en el marco de los grupos y partidos del Movimiento Nacional, la sigilosa ruptura de la ficticia unificación monolítica que Franco forzó en 1937. Militares y civiles esgrimían en el Partido sus diferencias buscando salidas, muchas veces encabezadas por quienes aún vestían pomposos uniformes de camisa azul. y, aunque la mayoría del pueblo no lo supiera, todos intuían que algo se estaba cociendo a la vista de una confusa y creciente debilidad. Por segunda vez propuse por entonces la resurrección de «La Ballena Alegre». Ahora, con la tapadera del Centro de Intercambios Culturales Europeos y al amparo que aún podían dade Narciso Perales, el perseguido y desterrado tantas veces por su consecuente lealtad, o Patricio Canales, el heterodoxo de la Falange de Franco y leal a la fundada por José Antonio. Había que dade su oportunidad a los jóvenes trabajadores, a los jóvenes universitarios, de considerar el pensamiento del Sindicalismo Revolucionario por el que Primo de Rivera se había decantado entre 1935 y 1936 Yque la mayoría desconocía. «La Ballena» se llenaba, por la noche, de gentes «para tomar café». Teníamos el permiso oficial para hacerlo, para hablar «del pensamiento falangista». y si he dicho que aquel local se llenaba me he quedado corto porque en realidad se abarrotaba de gentes sentadas, en las mesas, en las escaleras o que tenían que aguantar, de pie, dos o tres horas para participar de aquella sesión mágica y seguir hablando de ella después. Era un espectáculo insólito en aquella España encorsetada del Movimiento Nacional, de los monárquicos de todos los colores y de los seudofalangistas que seguían confiando en Franco. Tanta gente reunida para poner en solfa la política del Régimen y hasta al propio Régimen, en la calle, y para dialogar, abiertamente, de un cambio, de un planteamiento revolucionario, transformador, capaz de entusiasmar. Se decía lo que cada uno pensaba. Unos disentían y otros no, pero nadie peleó porque, en el fondo, todos estábamos de acuerdo en que las cosas tenían que cambiar. La única condición para asistir era tomarse un café o una copa para justificar el uso intempestivo del local, de aquel local, lleno, atiborrado, por el que los camareros ni podían circular. En aquel tiempo, y con 25.000 pesetas que nos dejó un antiguo camarada de Narciso Perales en la Falange de Sevilla, ahora dedicado al comercio internacional de aceites, editamos la revista Sindicalismo. -Te doy ese dinero con la condición de que no digas a nadie que he sido yo. Claro está que Narciso cogió el cheque «bajo secreto de confesión». Paco Carbajosa dibujó una cabecera, buscamos imprenta y puse mi nombre para la dirección. Las charlas de «La Ballena» se fueron publicando entre frases escogidas de José Antonio, de Ángel Pestaña, del Ramiro de Maeztu laborista, impresas espectacularmente junto con artículos de Narciso, de Patricio, de Carlos Juan Ruiz de la Fuente, de José Luis Rubio ... Unos miles de ejemplares se vendían en Barcelona, Valencia, Alicante, Bilbao ... Y, sobre todo, en la Gran Vía madrileña, a la salida de los cines, o en la cabecera del Rastro en la mañana de los domingos: Sigfredo Hillers, Manolo Somoza, José Antonio Blanco, Pepe de Diego, Pepe Ortega, Rodriga González Prieto y yo mismo nos poníamos a vocear sus titulares escandalosos. La gente compraba la revista, algunos con evidentes recelos y, más de uno, se fue a denunciamos con el periódico en la mano. Varias veces nos detuvieron y llevados a la Comisaría o a la Dirección General de Seguridad. Pronto aprendimos la lección. Somos una publicación legal. Hemos sido autorizados por la censura. Llamen ustedes al Ministerio y verán como es verdad. Y, efectivamente, era verdad. Nos dejaban ir pero se quedaban con los ejemplares secuestrados, con aquel periódico que decía 10 que nadie se atrevía a decir. -Estoy seguro de que se los quedan para leerlos. Puede que fuera así porque aquella España varada en el tiempo ya no satisfacía ni a quienes se consideraron vencedores en la guerra civil. -Vaya escribir algo nuevo ... Carlos Juan Ruiz de la Fuente no estaba bien de salud. Sin embargo, reunió información que podríamos llamar secreta y preparó un trabajo en el que denunciaba cómo con «el dinero de los trabajadores» (los fondos de reserva del INP y de las Mutualidades Laborales) se estaba financiando la empresa privada y la pública con una «rentabilidad» negativa. y, 10 más grave, sin beneficio directo alguno para sus dueños, los asalariados del país. Los trabajadores tienen derecho, por ello, a una parte de la propiedad de las empresas. En aquel momento, aquello era de una audacia similar a la exigencia de los anarcosindicalistas de «la tierra para el que la trabaja». Carlos Juan venía a pedir «la empresa para quienes la trabajan». En ello, todos veníamos a coincidir. Narciso Perales escribió en defensa de las cooperativas de Mondragón y así establecimos relación con su promotor: el cura Arizmendi Arrieta, coincidentemente, hasta su muerte. También recogimos los primeros comunicados y declaraciones de las incipientes comisiones de enlaces y jurados que se reunían «en apoyo de la Unión de Trabajadores y Técnicos del Vertical», aunque su objetivo real estaba claro que era presionar a los representantes legales de los trabajadores del Metal de Madrid para romper su pasividad y actuar con energía. Sacar el periódico fue cada vez más difícil. Aunque llevábamos a la censura doble o triple número de artículos de los que serían necesarios para cada edición teníamos que hacer, luego, juegos malabares ya que la mayoría los tachaban considerándolos impublicables. Con los que quedaban adobados con frases entresacadas de José Antonio, Ramiro de Maeztu, Ángel Pestaña, Don José Ortega, que no se atrevían a censurar, hacíamos un periódico que se podía leer. Al final esos recursos resultaron inútiles y nos vimos obligados a reproducir artículos ya publicados anteriormente y que la censura, antes, en su momento aprobó. Praga, por entonces Ministro de Información, me llamó un día a su despacho. -Se acabó. Estoy harto de aguantar los ataques de Don Camilo. Don Camilo -los de la oposición le llamaban Don Camulo-, por la dureza de la represión policial que él dirigía ... Don Camilo era teniente general y Ministro de la Gobernación. Manuel Fraga lo había decidido. Alegué que la revista Sindicalismo se editaba con todos los requisitos legales y que sus textos habían sido siempre aprobados por la censura de prensa. -Es igual. Tiene que terminar y terminó. Ahora, pasados los años, comprendo que estábamos colocando al Ministro en una difícil situación y que, aunque había tratado de tolerar nuestra iniciativa «aperturista», la revista estaba chocando frontalmente con los esquemas a los que el Régimen tenía acostumbrados a los españoles. Pero, en aquel momento, la decisión de prohibimos provocó mi indignación y me solté el pelo. Prefiero no recordar lo que le dije, lo que ocurrió en su despacho, en el antedespacho de funcionarios asombrados al pie del ascensor. Al poco, también a «La Ballena» le llegó el final cuando, aquella noche, incluso antes de empezar la sesión, un grupo de policías encabezados por Mauricio Carlavilla, ideólogo de la represión, aunque amigo de Patricio -Patricio era amigo de todos, hasta del Prínci¡re Omeya-, y por Mariano Sánchez Covisa, el futuro jefe de los guerrilleros de Cristo Rey, organizaron, sin motivo aparente, una sencilla representación teatral de tumulto, dando voces, tirando sillas y mesas. Cuando pedimos un nuevo permiso se nos denegó alegando que existía el peligro de «alteración del orden público». Estaba claro que era una disculpa legal. En España, cuando se quiere perjudicar a alguien basta con que se le aplique la Ley... Patricio solía decido con su gracia andaluza y parecía verdad. Poco antes de que nos cerraran «La Ballena» acudieron Marcelino Camacho y Julián Ariza, así como los hermanos Reboul, que eran Jurados de Empresa de Manufacturas Metálicas Madrileñas, al igual que los otros lo eran de Perkins Hispania, la sociedad que presidía Joaquín Ruiz Giménez, quien parecía protegedes. Emilio y Serafín Reboul eran habituales de nuestra «tertulia» y venían como presentadores de Marcelino y Julián, que deseaban conocer a quienes habíamos difundido sus comunicados de prensa y hablábamos con lenguaje desenfadado de los problemas sociales. -Estáis haciendo algo importante, sobre todo con la revista. Pero Sindicalismo iba a dejar de publicarse y a «La Ballena Alegre» pronto la amordazaron, sin que pudiéramos impedido. Aquel Régimen caduco no podía soportar el aire limpio que respirábamos ni el alegre optimismo que se desprendía de nuestras críticas esperanzado ras de una España nueva, superada en sí misma por el impulso juvenil que nos movía. De «La Ballena», y no la de Jonás, había salido en 1931 aquel muchacho que se encaramó a la torre de Correos, en plena Cibeles, para plantar la bandera tricolor de la República. Poco después, también, José Antonio Primo de Rivera para la fundación de su Falange. «Triste y sola; sola se queda Fonseca ...» Aquella madrugada final, cuando la policía no nos dejó entrar en el Café Lyon, nos fuimos cantando por la calle nuestras tristezas, nuestra soledad, nuestra rebeldía. Ya las cosas no serían igual desde aquel amanecer.
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