Somos revolucionarios en el orden de las ideas. La Falange no vio la luz para paliar losefectos perversos del sistema occidental liberal-capitalista sino para atajar sus causasdesde la raíz. El propio Sistema se encarga de aplicarse sus propios remedios circunstanciales y sus parches provisionales. El socialismo postmarxista asumió para sí esa función y, dado su éxito, ha sido exitosamente imitado por la derecha liberal. Pero la Falange no comparte esa vocación, como de enfermera dispensadora de primeros auxilios. Lo suyo es más bien la cirugía intensiva, aquella que se dirige preferentemente no a aliviar el dolor sino a curar, a erradicar el mal del que deriva el sufrimiento. No es perita en algodón, sino en bisturí.
Valga esta imagen sanitaria para comparar las mentalidades reformista y revolucionaria. Es cierto que el Sistema ha demostrado recursos para hacernos vivir mejor, atento a las advertencias emitidas por aquel genio de la filosofía política que se llamó Karl Marx. El mismo que se frotaba las manos al apreciar la creciente distancia que separaba en su día al proletariado y de la burguesía, convencido de que esa tensión sólo podría conducir al estallido revolucionario. Temeroso de nuevas “revoluciones de octubre” o “marchas sobre Roma” en el futuro, el Sistema comprendió la necesidad de aburguesar progresivamente a los trabajadores para que también ellos tuvieran algo que perder con la caída del estatu quo. A esa tarea se ha empleado la derecha y la izquierda europeas desde finales de la Segunda Guerra Mundial, revistiéndola de la apariencia de un reformismo pretendidamente humanitarista que no debería distraernos de sus auténticas motivaciones de fondo.
El Sistema, pues, cuenta con excelentes soluciones parciales que administra a su antojo para modular el descontento. Soluciones que se aplican indistintamente por los políticos de uno u otro signo. Pero la Falange no debe aspirar a erigirse en un tercero en discordia. La Falange afirma que no es potestad de un Sistema radicalmente injusto la administración de la vida de los hombres, y se opone a esa manipulación de su libertad y su dignidad que logra con leves giros de muñeca sobre el dial de las concesiones sociales, subiendo un poco más los salarios según los índices de un IPC maquillado.
No es el problema que el Sistema esté funcionando mal y sea necesario arreglarlo o mejorarlo. El problema es que el Sistema es malo en sí, que no responde a una concepción auténticamente humanista de la realidad social. No hay que arreglarlo: hay que sustituirlo radicalmente por otra cosa, por algo mucho mejor.
Por eso somos revolucionarios, porque hemos identificado la causa del problema, sabiendo alzarnos sobre la niebla de los efectos, y la solución. La causa es el Sistema en sí y la idea de hombre que detenta: la del productor-consumidor al servicio de unos intereses que le son absolutamente ajenos. Y la solución sólo puede proceder de la Revolución que ubique de nuevo al hombre en el centro de un nuevo Sistema. La nuestra.
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