Los ejemplos son tantos que su relación se hace imposible de abarcar en unas pocas líneas. Pero quizás sea posible resumirlo todo en esa especie de fiebre defensiva que se extiende por doquier. Defensa de la patria, de la religión católica, de la familia, de la memoria histórica…
Parece como si la tarea inmensa del confusionismo franquista hubiera dado por fin sus frutos y no hubiera forma de distinguir la esencia de la idea falangista de la que profesan, desde hace siglos y muy dignamente, los defensores del Carlismo.
El propio José Antonio se encargó de expresarlo sin paliativos cuando definía nuestras fuentes de amor a España precisamente en el hecho de que no nos gustaba, de que quizás no nos haya gustado sino en contados instantes de su dilatada historia.
Porque a la Falange se llega para cambiar radicalmente las cosas, revolucionariamente sería más apropiado, no para hacer prácticas museísticas de cosas que –no acertamos a entender muy bien por qué- habrían de ser conservadas, defendidas.
Un falangismo bien entendido afirma que las cosas que con el paso de los siglos se han ganado el mérito de prevalecer continúan en pie sin necesidad de defensa; y que las cosas que se han dejado arrastrar por su propia caducidad y mediocridad no están en mejor lugar que en el olvido. Así la patria, que se entiende como quehacer revolucionario o se entiende como catafalco tras el que poder ocultar un estado de cosas injusto con el que nadie en su sano juicio intelectual puede sentirse vinculado (salvo que vivas de él, claro está). Así la religión o las tradiciones, que no necesitan tanto de una defensa numantina como de un nuevo impulso que las lleve a la conquista de las conciencias de la gente.
Nosotros los falangistas, rememorando al poeta, “anunciamos algo nuevo”. Y nuestro estilo nos hace preferir la afirmación percutora y directa al lloriqueo plañidero de quienes disfrazan su incapacidad con los ropajes falsos de la vinculación sentimental con el pasado. Porque si según el mismo José Antonio ese pasado “no es peso ni traba sino afán de emular lo mejor, no es menos cierto que es afán también de desprenderse de lo peor. ¡Y hay tanto de eso en nuestras alforjas!
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