sábado, 11 de octubre de 2014

LA VALENTÍA NECESARIA

Como hispanista, siempre consideré que la mejor calidad del pueblo español es la valentia. Genios y santos no han faltado, pero para mí lo hermoso de los españoles, cuando se lee su historia, es el grandioso, irracional y a veces suicida valor delante del peligro y la adversidad. ¡Basta decir que aquí es donde se inventaron la guerrilla y la corrida de toros! Sin embargo, constato que se está perdiendo ese sentido noble, numantino, maravillosamente imprudente de la vida, y de la muerte. Los riesgos llevan su coste, y se propaga, en los últimos años, al sur de los Pirineos el virus de un pragmatismo cartesiano y bien calculado que probablemente se transmitió con importación llaves en mano de algún hipermercado francés ...

Fue el 20 de noviembre, hace ya 35 años, cuando la vi de cerca, con mis propios ojos, esa cosa cada vez más rara que llamo "valentía". Yo cursaba mi primer año de estudios en la Universidad de Madrid, y vivía en la Residencia de Estudiantes José Miguel/Guitarte, posteriormente transformada en conservatorio de música. Llegué de gringolandia vestido de un traje azul claro de los que, en los años 60, se lavaban y secaban en la bañera sin tener que planchar, tenía los ojos azules también pero menos claros que el traje, y quería estudiar a los dos poetas que me gustaban más, García Lorca y San Juan de la Cruz, sin imaginarme que ambos estaban proscritos de los programas de la Facultad de Filosofía y Letras. Por haber pasado parte de mi niñez en México hablaba ya corrientemente el español.
Era el único extranjero de la Residencia. Mis compañeros, hijos de dignas familias provincianas, me trataron con una peculiar mezcla de ternura y condescendencia, pues como representante involuntario de esa otra cultura que había participado en su derroche histórico, tuvieron que quererme a pesar de ser inglés.
El 20 de noviembre es el aniversario de la muerte de José Antonio Primo de Rivera, el carismático líder de la Falange Española que murió joven en la Guerra Civil. Los chicos de la Residencia le adulaban, y decían que a Franco -un hombre que no tenía carisma- le había interesado más tenerlo como glorioso mártir muerto que rival político vivo.
Detesto el fascismo bajo todas sus formas, tanto el de Hitler que el de Stalin, pero estos chicos sensibles, soñadores y sobre todo muy inocentes, no tenían nada a ver con los, cabezas rapadas que hoy vemos en la tele; como mucho, me causaron una ciertacompasión, pues sabía que la grandeza que añoraban para su país no volvería nunca más. Durante aquel invierno les acompañaba a todas sus reuniones, que eran clandestinas puesto que el régimen les veía con muy mal ojo. Una noche celebraron un homenaje secreto delante de la tumba de un falangista proscrito por Franco, en un cementerio remoto y abandonado, donde se leyó un manifiesto a la luz de una linterna de petróleo. ¡Una escena pintada por Goya! Pero el gran día para los falangistas puros fue el 20 de noviembre, cuando, decían, Franco había deliberadamente abandonado José Antonio al pelotón de los republicanos.
Caminamos toda la noche, llevando las inmensas coronas de flores a cuestas por la sierra, tomando el relevo con otros grupos que iban delante en autocar. Nos calentábamos con el coñac de las botas de cuero que traíamos, los bocadillos de jamón serrano, las canciones de la Guerra Civil y la mucha amistad que había. Poco me importaba si estaba con los buenos o con los malos en la contienda política. Tenía 19 años y estaba en España, la España heroica, romántica y trágica de García Larca y de San Juan de la Cruz ...
El dia amaneció frío y gris, como las duras piedras de la meseta de Castilla. Además de los bien nutridos paparatchiks franquistas, una extraña muchedumbre se iba acumulando, como grupitos de hormigas, delante de la imponente basílica del Valle de los Caídos: todos los embajadores extranjeros en pleno protocolo, obligados por el régimen a asistir a la misa funeraria; numerosos estudiantes "camisas azules" como mis amigos, nerviosos e inconformados; y hasta un viejo y solitario oficial del ejército alemán con sus botas negras y cruces gamadas, y a quién sé que le faltaba o bien un ojo, un brazo o una pierna, sólo que ya no recuerdo cual de los tres.
Vino Franco, un hombre pequeño y tímido, entre dos filas de estudiantes, que levantaron los brazos y gritaron iArriba España! y después, obligatoriamente, iViva Franco! Dentro de la enorme iglesia subterránea, nosotros los estudiantes ocupábamos las últimas filas, a medio kilómetro del altar. Durante la misa, doblaron los sinos y se apagaron las luces para el ritual momento de noche perpetua, creando un efecto dramático, puesto que laoscuridad era total.
Entonces una voz sonó, como si fuera el propio difunto hablando desde la tumba, lenta y acusadora, llenando toda la basílica con su eco: iFRANCO, ERES UN TRAIDOR!
Lo demás, como dicen, es historia. Se encendieron las luces, los soldados se metieron entre las filas de los estudiantes, un joven luchó, no para esconderse sino para levantarse, ya que sus compañeros intentaban impedir que se entregara. Los hombres de abrigo largo y de ametralladora colgada se lo llevaron, y se quedaron con él durante ... doce años. A la salida de la iglesia, cuando Franco pasó de nuevo por las filas de camisas azules, con visible desconcierto, esperó que se lanzara el habitual iViva Franco! pero los estudiantes se quedaron como de piedra, callados.
Transmitido en directo por todas las emisoras de radio del país, oido por todo el cuerpo diplomático, el grito fue un hecho nacional del que nunca se habló abiertamente hasta la publicación, muchos años después, de una entrevista con su ya ex-carcelado autor. La descubrí por casualidad, en 1983, hojeando unas revistas que encontré en la habitación de la pequeña pensión de un pueblo granadino, que ocupé cuando vine a afincarme, ya definitivamente, en España.
Me dicen que, después de la histórica muerte de su opresor, buen número de los antiguos estudiantes de la Residencia José Miguel Guitarte, aquellos jóvenes austeros y enigmáticos que me decían orgullosamente, y para mí incomprensiblemente, nos gusta lo difícil, se juntaron a la nueva izquierda, y que algunos ahora son administradores del gobierno español. Me pregunto sí no habrán renunciado, también, a su maravillosa valentía.
LAWRENCE BOHME [1995]

Por cortesía de la Cofradía de la Cuchara de Hierro

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